lunes

notas preliminares

Antes de dar inicio a la copia del anecdotario, el humilde narrador de los intersticios de nuestra aventura estima necesario aclarar que el contenido del mismo -pudiendo ser hiriente o no- demuestra tan sólo los andares que tuvo que soportar el infiel servidor junto a doña Poesía en el medio de innúmeras batallas, aún las que se dieron entre ellos dos. O, mejor dicho, mayormente las que se sucedieron por culpa del uno o de la otra. El diario es, por tanto, una recopilación de los sentimientos, reflexiones y delirios de un personaje ficcional en la realidad que supo acontecer en los días en que duró lo que duró, si es que duró.
El que hasta hoy día narró o editó estos añejos papeles se aparta por un tiempo, muy contento y poco orgulloso. O mejor dicho, raja pronto antes que lo persigan por publicar tamaño texto, tan ofensivo a la moral púbica. La pública no tanto, por eso se publica.

domingo

libro i; capítulo iii

i
¿Te abarcan, acaso, el cielo y la tierra por el hecho de que los llenas? ¿O es, más bien, que los llenas y aún sobra por no poderte abrazar? ¿Y dónde habrás de echar eso que sobra de ti, una vez lleno el cielo y la tierra? ¿Pero es que tienes tú, acaso, necesidad de ser contenido en algún lugar, tú que contienes todas las cosas, puesto que las que llenas las llenas conteniéndolas? Porque no son los vasos llenos de ti los que te hacen estable, ya que, aunque se quiebren, tú no te has de derramar; y si se dice que te derramas sobre nosotros, no es cayendo tú, sino levantándonos a nosotros; ni es esparciéndote tú, sino recogiéndonos a nosotros. Pero las cosas todas que llenas, ¿las llenas todas con todo tu ser o, tal vez, por no poderte contener totalmente todas, contienen una parte de ti?
ii
¿Y esta parte tuya la contienen todas y al mismo tiempo o, más bien, cada una la suya, mayor las mayores y menor las menores? Pero ¿es que hay en ti alguna parte mayor y alguna menor? ¿Acaso no estás todo en todas partes, sin que haya cosa alguna que te contenga totalmente?

San Agustín de Hipona, Confesiones.

sábado

en el 2000

Estábamos indecisos entre
la exultación y el miedo
cuando supimos que la computadora
reemplazará a la pluma del poeta.
En lo que a mí respecta, no sabiéndola
usar, me volveré a las fichas
que indaguen en recuerdos
para luego reunirlas al azar.
Y ahora, qué me importa
si la vena se apaga:
junto conmigo se está acabando una era.

Eugenio Montale, traducido por Horacio Armani. Dedicado a Cecí Eraso, porque siento cierta vibración compartida entre este poema y sus poemas y, sobre todo, porque es una hermana re grossa. Ja!

pedazos sueltos por ahí ii


Algo habla, ahora, con fragilidad. La lluvia
relame el asfalto:
.......................el camino que se alarga,
y desaparece.
Una mano se busca en los avisos fúnebres
para confirmar que no ha muerto, ni perdido
pedazos de vida por ningún lugar. Y un diario
añejo se debate entre los autos, como trigo
vivo que se lleva el viento.
.....................................Y sin embargo,
cae.

Julio Fridman.

pedazos sueltos por ahí

Desenterrar un cuerpo, para enterrar otro.
¿Cómo evitar más entierros, si las manos
están enfangadas y apenas un rezo mudo
se desliza con violencia? Y es tal la fragilidad
con que las palabras suturan esto y aquello
que no hay violencia que la resista.

Julio Fridman.

después del funeral

A la memoria de Ann Jones
Después del funeral, alabanzas de necios, rebuznos,
golpes de viento en las orejas como velas, el acolchado
golpeteo de una alegre clavija sobre el pie grueso de la tumba
que clausura los párpados, los dientes en negro,
los babosos ojos, las charcas de salitre en las mangas,
el matinal chasquido de la pala que despierta el sueño,
en las tinieblas del ataúd sacude a un niño desolado
que gotea hojas secas al cortar su garganta
y saca un hueso al sol en un golpe de juicio,
tras el festín de cardos y horas llenas de lágrimas
en un cuarto con un zorro disecado y un helecho marchito,
por esta ceremonia yo estoy solo
en las horas del llanto
con Ann, la muerta, la jibosa,
cuyo embozado corazón de fuente se derramara cierta vez en charcos
en torno de los mundos asolados en el país de Gales y ahogara cada sol
(aunque ella creería esta imagen una ciega y monstruosa
alabanza engrandecida —su muerte fue una gota callada—,
no hubiera dejado que me hundiese en el chorro sagrado
del prestigio de su corazón, yacería honda y muda
pues su cuerpo quebrado no necesita de un poeta).
Pero yo, bardo de Ann, desde un hogar en alto
llamo a todos los mares a oración,
para que la leñosa lengua de su virtud murmure
como una boya de campana sobre las cabezas de los que cantan himnos,
abata las paredes del bosque lleno de helechos y de zorros
y su amor cante mecido en la parda capilla,
y bendiga con cuatro aves de paso su alma reverente.
Mansa como la leche fue su carne, pero esta estatua camino al cielo
con su pecho salvaje y la bendita, gigante calavera
se halla esculpida a su imagen en un cuarto de ventanas mojadas
en una casa ferozmente enlutada por un año nefasto.
Yo sé que sus manos agrietadas, humildes, rancias manos
yacen crispadas en oración,
su raído murmullo en una frase húmeda, su ingenio, goteando en el vacío;
su rostro como un puño al morir se contrajo en un dolor redondo
y es Ann en su escultura, setenta años de tallada piedra.
Estas manos de mármol, empapadas de nubes,
esta disputa gigantesca de la voz desbastada, del ademán y el salmo,
me asaltarán por siempre sobre su tumba
hasta que el pulmón del zorro disecado se estremezca y grite "amor"
y el helecho hamacado por el viento deje en el umbral negro sus semillas.

Dylan Thomas, tremebundo siempre, traducido por Azcona Cranwell.

miércoles

yace muriéndose

Toda la transpiración de mi cuerpo regresará a mis ojos cuando muera el tambor en donde fui formado y hablé con Él -como un niño borracho- entre sillas caídas, río crecido y juncos.

Todas las lágrimas de mi vida volverán a mis ojos; y por las hondas sedas de un pecho de caballo querré internarme, huir, refugiarme en mi casa de trozos esparcidos de ballenas: mi casa como cuerpo de varón recién nacido en el tórrido vientre del silencio. (1985)

Héctor Viel Temperley, en Hospital Británico, 1986.